Los ciberataques ya no operan al ritmo de las personas, sino al de los algoritmos. Hoy, un atacante puede lanzar campañas en minutos, mientras que las organizaciones aún tardan semanas o meses en aprobar e implementar soluciones.
“Hoy un atacante puede lanzar una campaña de ciberespionaje en minutos que antes le tomaba horas”, señaló Leonel Navarro, Information Security Global Practice Director de Softtek.
La brecha responde a una lógica simple: los atacantes operan sin restricciones. No tienen políticas, controles ni presión comercial; experimentan hasta lograr su objetivo, explicó el especialista.
Ataques automatizados y a gran escala
El cambio es estructural. Antes, los ataques eran manuales; hoy son automatizados y escalables. La inteligencia artificial permite identificar sistemas, detectar vulnerabilidades y extraer información de forma continua.
En algunos casos, la IA ya puede realizar entre el 80% y 90% del trabajo de un atacante. Además, puede ejecutar miles de consultas por segundo, algo imposible para una persona. “Estamos compitiendo contra sistemas que van a ser más rápidos que nosotros”, advirtió Navarro, en el marco del Innovattek 2026, realizado por Softtek Perú.
El problema no es la tecnología
El desafío no está en la herramienta, sino en cómo las organizaciones están respondiendo. Intentar aplicar modelos tradicionales de seguridad a este entorno resulta insuficiente.
La adopción de inteligencia artificial también amplía la superficie de ataque: más datos, más integraciones y más herramientas fuera de control.
En ese contexto, un error recurrente es tratar la seguridad como una etapa final. Esto genera retrasos y, muchas veces, decisiones que priorizan la velocidad del negocio sobre la protección.
Cómo cerrar la brecha
La alternativa pasa por cambiar el enfoque. La seguridad debe integrarse desde el diseño y operar como un habilitador del negocio.
En la práctica, esto implica tres cosas: tener visibilidad sobre dónde se usa la inteligencia artificial, clasificar los riesgos según su impacto y construir controles desde el inicio. También supone definir reglas claras de uso y monitorear de forma continua cómo se comportan los sistemas.
“El reto es dejar de hablar en términos técnicos y empezar a hablar en lenguaje de riesgo”, sostuvo Navarro.
La diferencia, concluyó, no estará en quién la use, sino en quién logre integrarla sin quedar expuesto.
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