¿Cómo cuidar la salud mental de niños y adolescentes?

El diagnóstico de cáncer no solo modifica la rutina de un niño o adolescente. También puede generar miedo,  frustración, retraimiento o cambios de conducta que se expresan de diversas maneras según su edad.  Identificar estas diferencias permite a padres y cuidadores brindarles un acompañamiento adecuado durante  el tratamiento oncológico. 

La Dra. Yurfa Salazar Aliaga, médico-psiquiatra y psicoterapeuta en psicooncología y cuidados paliativos de  la Unidad de Salud Mental del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN), explica que un  diagnóstico de cáncer para un menor de edad, puede significar separarse temporalmente de sus padres o  cuidadores, dejar el colegio, alejarse de sus amigos, modificar sus rutinas y afrontar procedimientos médicos. 

En ese sentido, destacó que la salud mental forma parte de la atención integral del cáncer infantil y el  acompañamiento debe adaptarse a la etapa de desarrollo de cada paciente.  

En los más pequeños: miedo a la separación 

En los menores de 3 años, uno de los principales temores puede ser la separación de sus padres o  cuidadores. Los cambios de ambiente y rutina pueden generar inseguridad, mayor dependencia e incluso la  pérdida temporal de habilidades ya adquiridas. 

También pueden presentarse cambios en los hábitos del sueño, la alimentación o el control de esfínteres (se  orina en la cama). Mantener las rutinas, cuando sea posible, y procurar la presencia de una persona de  confianza puede ayudar a que el niño se sienta protegido.  

Entre los 4 y 7 años: necesitan entender que el cáncer no se contagia 

A esta edad los niños todavía pueden tener dificultades para comprender qué es el cáncer y llegar a pensar  que se trata de una enfermedad contagiosa. Por ello, es importante explicarle con palabras sencillas lo que  está ocurriendo y aclarar sus dudas.  

También pueden presentarse pataletas, problemas para dormir, mayor dependencia o conductas que ya  había superado. Estos cambios no deben interpretarse automáticamente como desobediencia: pueden  expresar angustia frente a una situación que todavía no logra comprender. 

Entre los 8 y 11 años: pueden callar para no preocupar a sus padres 

Los niños de esta edad tienen mayor capacidad para comprender que el tratamiento será prolongado y que  deberán incorporar nuevos cuidados a su vida cotidiana. Sin embargo, pueden experimentar dificultades para  expresar lo que sienten. 

“Tienden a callarse mucho. Tienden a retraerse”, advierte la especialista. Algunos pueden pensar que sus  padres ya tienen demasiadas preocupaciones: la hospitalización, el trabajo o el cuidado de los hermanos.  Por ello, el silencio no siempre significa que el niño esté bien. Es importante observar cambios en su  comportamiento y generar espacios donde pueda hablar sin sentirse una carga para su familia. 

En los adolescentes: el diagnóstico también toca sus proyectos de vida 

En la adolescencia, la comprensión de la enfermedad es mayor y la información debe ser clara y completa. Además del tratamiento, surgen preguntas sobre los estudios, los amigos, la autonomía y el futuro. 

Un adolescente puede preguntarse si podrá continuar con sus planes o si su vida será diferente después del  cáncer. Frente a ello, la comunicación debe permitirle expresar sus dudas y participar, de acuerdo con su  edad y situación clínica, en las conversaciones sobre su tratamiento. 

Escuchar también es cuidar 

Los niños y adolescentes no siempre encuentran las palabras para explicar lo que sienten. Por eso, el juego,  los cuentos, la música y el dibujo pueden convertirse en herramientas para facilitar la comunicación.  

Padres, cuidadores y profesionales deben prestar atención a sus cambios de comportamiento y a las formas  en que expresa sus emociones. En casa, los padres pueden explicar lo que ocurrirá de acuerdo con su edad,  reconocer sus esfuerzos y brindar afecto.  

El INEN, a través de su Unidad de Salud Mental, brinda acompañamiento especializado a pacientes  oncológicos y sus familias, como parte de una atención integral que considera tanto la salud física como el  bienestar emocional. Identificar cambios de conducta, escuchar sin juzgar y comunicar estas señales al  equipo de salud puede ayudar a que niños y adolescentes afronten el tratamiento con mayor seguridad y  acompañamiento. 

Related posts