La música puede unir culturas y trascender nuestras diferencias

Una sola noche para escuchar un piano que puede cantar, bailar o adquirir la amplitud de una orquesta. El próximo 26 de octubre, la deslumbrante pianista rusa Svetlana Smolina ofrecerá su primer recital en el Teatro Municipal de Lima, con un programa que enlaza el romanticismo de Chopin y Liszt, el jazz de Gershwin y la fuerza de los ritmos latinoamericanos.

La presentación forma parte de la Temporada 2026 de TQ Producciones y marca el regreso de la artista al Perú después de más de una década. Con una trayectoria que incluye escenarios como el Carnegie Hall de Nueva York y el Hollywood Bowl de Los Ángeles, Smolina tendrá un único encuentro con el público limeño antes de continuar su agenda internacional.

De su visita al Perú en 2015 conserva un recuerdo especialmente vivo: las conversaciones, las fotografías y la larga fila de personas que esperaban un autógrafo al terminar el concierto. Una prolongación de la velada que ella llama, con humor, su “tercera parte”. “Aquella vez, me hizo muy feliz encontrarme y conversar con el público peruano, tomarnos fotografías y sentir esa maravillosa conexión personal más allá del escenario”, recuerda.

El repertorio reúne obras de Tchaikovsky, Chopin, Liszt, Gershwin, Lecuona y Ginastera, entre otros. Para Smolina, esa diversidad expresa también una manera de entender su oficio. “La música puede unir culturas de inmediato y trascender nuestras diferencias. Nuestra profesión no pertenece a una sola nación: habla un lenguaje humano”, sostiene.

De la intimidad de Chopin a los ritmos latinoamericanos

El recorrido comenzará en la intimidad del romanticismo y avanzará hacia una música cada vez más rítmica y extrovertida. El hilo conductor, explica, está en “la emoción, el color y la transformación”.

Smolina espera que el público experimente esos cambios como una sucesión de historias. Habrá ternura, humor, pasión y momentos de gran exigencia técnica, aunque advierte que la intensidad de una interpretación no depende únicamente de su dificultad. “A veces, el momento más poderoso no es el más sonoro ni el de mayor virtuosismo, sino una sola frase suave que crea una conexión profundamente personal entre el intérprete y quien escucha”, afirma.

Su relación con Chopin y Liszt da cuenta de esa búsqueda. Cuando era más joven, la atraían especialmente la belleza de sus melodías y el despliegue técnico. Con los años, su atención se ha desplazado hacia la respiración musical, las sutilezas del tiempo y “la elocuencia del silencio”.

En Chopin encuentra una escritura cercana a la voz humana; en Liszt, una imaginación orquestal que exige construir distintos planos y colores dentro de un mismo instrumento. “Cada vez que regreso a sus obras, siento que todavía hay nuevos colores por descubrir y nuevos sonidos por evocar”, señala.

El programa cambiará de pulso con Gershwin y su encuentro entre la sofisticación clásica y el jazz. En Malagueña, de Lecuona, aparecerán ecos de la guitarra y el baile flamencos. Las Danzas argentinas, de Alberto Ginastera, llevarán al público de la delicadeza de un retrato femenino a la energía rebelde del gaucho.

La presentación llega en una temporada de estrecho vínculo con América Latina. Según cuenta, este año ofreció nueve recitales en Argentina y Chile y debutó en Ecuador. Después de Lima continuará con actuaciones en Estados Unidos y, en diciembre, viajará a China para un proyecto de grabación con orquesta.

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