En el entorno laboral, muchas tensiones no surgen necesariamente de los hechos en sí, sino de la forma en que las personas interpretan lo que ocurre a su alrededor. La inteligencia emocional, entendida como la capacidad de reconocer y gestionar las propias emociones y las de los demás, se ha convertido en una competencia clave para el liderazgo y el trabajo en equipo.
Jonathan Golergant, rector de la Universidad Tecnológica del Perú (UTP), señala que el manejo emocional no empieza cuando la emoción ya se desbordó, sino en la forma en que interpretamos una situación o las palabras de otra persona. “Las primeras interpretaciones suelen asumirse como verdades, cuando en realidad son solo una posible lectura de lo que está ocurriendo”, explica.
En muchos entornos laborales, una situación aparentemente menor puede escalar rápidamente cuando las interpretaciones se vuelven rígidas. Por ejemplo, un comentario breve en una reunión puede ser entendido como una crítica personal, lo que genera incomodidad o molestia. Si esa emoción no se revisa a tiempo, puede transformarse en conductas impulsivas, como levantar la voz, golpear la mesa o responder de manera confrontacional frente al equipo.
“Esos tipos de reacciones no suelen surgir de la nada. Son el resultado de una interpretación inicial que no fue cuestionada a tiempo. Cuando asumimos que nuestra primera lectura es la única posible, la emoción se intensifica y el diálogo se vuelve más difícil”, explica Golergant
Liderazgo y gestión emocional
De acuerdo con el rector, una práctica clave para fortalecer la inteligencia emocional consiste en introducir flexibilidad frente a las primeras interpretaciones. Reconocer que puede haber información que aún no conocemos permite reducir la intensidad emocional y abrir espacio para conversaciones más constructivas. Este cambio de enfoque no solo mejora las relaciones laborales, sino que también contribuye a una toma de decisiones más reflexiva y efectiva, especialmente en contextos donde los líderes deben coordinar equipos diversos y enfrentar situaciones de presión.
“Cuando se promueve un diálogo que parte de la observación de hechos concretos y se abre a distintas interpretaciones, se generan entornos de trabajo más saludables y productivos”, finaliza el rector de la UTP. En ese sentido, desarrollar la inteligencia emocional no significa evitar las emociones, sino aprender a comprenderlas y gestionarlas de manera que contribuyan a relaciones laborales más constructivas y a organizaciones más resilientes.
